The Blood of Dawnwalker, el sucesor y competidor de The Witcher
Se podría decir que los fans del RPG occidental (y los que van a descubrir sus bondades) están de enhorabuena, pues The Blood of Dawnwalker es en buena parte lo que necesitábamos. Hacía mucho que no teníamos una buena aventura rolera de acción en tercera persona, con un mundo reactivo y bien construido, repleto de decisiones que debemos tomar. Desde The Witcher 3, allá en 2015.
Pues esto no es casualidad, ya que parte de esos desarrolladores de CD Projekt están ahora en Rebel Wolves y nos presentan un juego que sigue la estela de Geralt, pero con su propia fórmula y temática. ¿El resultado? Una propuesta preciosa que muchos incluso preferirán y servirá de competencia real para el futuro título de Ciri, así como los que se atrevan con juegos tan ambiciosos como estos.
Está claro que la experiencia me ha gustado mucho, así que toca hablar punto por punto de porqué fue así. Y de paso comentar sus defectos, que los tiene, pero para mí jamás eclipsan sus grandes virtudes.
Coen de Laslea

El juego nos pone en la piel de un joven llamado Coen, el protagonista principal de esta aventura y quien da sentido a nuestro viaje. Tras un prólogo intenso y maravilloso que nos pone en contexto sobre la situación que viven él y su familia, sucederá algo que lo impulsará a emprender un viaje para salvar a sus seres queridos. Y debe buscar la forma de lograrlo antes de treinta días, o fracasará.
Una vez presentada dicha premisa, contaremos con total libertad para ir donde queramos, abordar las tareas que prefiramos o intentar terminar la misión principal sin más preámbulos. Esa libre elección estará presente durante todo el juego y podría llevarnos a finales prematuros o alternativas inesperadas. ¡Quizá incluso terminar la historia en el prólogo, si tenemos paciencia y habilidad suficiente! Adoro esos detalles.
Más allá de las agradecidísimas alternativas, el alma de esta historia reside en sus misiones «secundarias». Explorando el gran escenario que tenemos ante nosotros completaremos misiones, conoceremos personajes y descubriremos los secretos que esconde la parte sobrenatural de ese mundo. Y es un proceso muy inmersivo en varios sentidos, además de necesario si queremos entender todo el contexto.
Cumpliendo tareas y explorando, desvelaremos misterios sobre individuos que quizá no esperábamos. Una de mis misiones favoritas es la de Vizto, por ejemplo, al que se considera como un secundario más. También revelaremos las inquietudes, problemas familiares y sentimientos ocultos de Coen, si es que nos esforzamos en completar ciertas misiones o abrirnos en diálogos con otros personajes.
Vale mucho la pena dedicarle tiempo a todo eso y conocer de verdad a nuestro protagonista mientras tomamos sus decisiones. Si lo gestionan bien de cara a futuro, se convertirá en uno de los protagonistas icónicos de la época moderna.
Una ambientación soberbia

Gran parte del atractivo del juego está en la genial ambientación en la que nos sumerge. Y no lo digo solo por lo evidente, que es la temática vampírica y sobrenatural en general. Viviremos dramas muy humanos, así como algunos problemas sociales y culturales de la época. Y veremos que ni siquiera la existencia de monstruos o magia altera demasiado la naturaleza del hombre.
Todo esto lo exploraremos a través de las misiones, por supuesto, igual que con los personajes. Podríamos decir que hay tres aliados «principales» que representan un poco los posibles intereses del propio Coen, mostrando el punto de vista vampírico y humano de su entorno, así como la parte de brujería que aprenderemos muy pronto en la historia.
Las misiones de ese trío de personajes «principales» son las que se notan mejor trabajadas, pero no son las únicas potentes, porque también exploraremos alternativas y encontraremos aliados inesperados en otros lugares. Al final, el juego sorprende de forma habitual con su manía detallista, consiguiendo que muy pocas tareas se sientan verdaderamente «secundarias».
Casi todas las actividades contribuyen a potenciar su ambientación, desarrollar la historia y darnos contexto de los personajes, de la misma forma en que el orden de ciertas tareas o encuentros altera diálogos y sucesos. Por lo tanto, que no os engañe el mundo abierto «lleno de iconos» de The Blood of Dawnwalker. Aquí hay cariño y calidad; el relleno de actividades superfluas es bastante minoritario.
¡Esa mecánica del tiempo…!

El juego generó mucha discusión por la forma que presenta de gestionar el tiempo, en el que las tareas que decidamos emprender, encuentros que tengamos e incluso nimiedades como subir ciertas habilidades gastarán horas de nuestro día. Además, el ciclo de día y noche es importante para las misiones y las mecánicas jugables de exploración. Obviamente, esto genera cierta presión, pues tenemos 30 días para «acabar» el juego y cada elección parece demasiado relevante.
En mi caso, que soy muy completista, creí que me molestaría… pero me causó el efecto contrario. Decidí sumergirme de lleno en la propuesta y me sentó de lujo. Me quitó mi obsesión por completarlo absolutamente todo y me obligó a tomar decisiones, priorizar el contenido que creía importante y valorar mucho a nivel narrativo el tiempo que se tomaba Coen para una u otra tarea.
Sin embargo, la verdad es otra y la descubrí justo antes de terminar el juego. La realidad es más sencilla que todo eso: tenemos tiempo de sobra. A no ser que nos dediquemos a gastar horas subiendo habilidades que no usaremos, o utilicemos la opción de dejar pasar el tiempo en los santuarios, lo cierto es que nos dará para casi todo. O por lo menos este fue mi caso.
Quizá lo parezca, porque al principio intimida ese contador de tiempo, pero no es ni mucho menos tan estricto como aparenta. De todas formas aplaudo la intención y su ejecución, porque logró sumergirme todavía más en esta propuesta. Al final, en unas 40 horas, realicé todas las secundarias que pude encontrar y solo me dejé algunas actividades que sí consideraría ahorrables.
Batallas vampíricas

Otro de los puntos que me hacía dudar antes de comprar el juego, e incluso tras los primeros minutos probándolo, fue el combate. Estamos ante el enésimo juego que otorga importancia absoluta al bloqueo, en este caso combinándolo con un sistema direccional que permite realizar paradas si acertamos por dónde vienen los ataques. Al principio cuesta un poco adaptarse.
Por suerte, pasaron pocas horas y ya estuve totalmente sumergido en las batallas. Una vez te habitúas a los controles, los combates se vuelven muy emocionantes. Además son un espectáculo visual, con ejecuciones rápidas y sangrientas que me encantaron. Coen no se recrea mucho en ellas para mostrar «gore» gratuito, despacha brutalmente a los enemigos decapitándolos o cortándoles extremidades sin regodearse. Encaja muy bien con su estilo.
Aunque al inicio me pareció escaso que solo tuviese espada (o sus garras, que es casi lo mismo), me acabó convenciendo el sistema de habilidades activas que va tomando protagonismo según avanzas. Podemos optar entre potenciar talentos vampíricos (útiles solo de noche), las habilidades de espadachín (válidas día y noche) o explorar la brujería con varios hechizos (solo de día).
Al final, es una fórmula que funciona a la perfección. O así lo hace durante la mayor parte del tiempo. Debo admitir que, con la partida avanzada (unas 20 horas o así), los combates se vuelven repetitivos por la falta de variedad en enemigos que presentan patrones de ataque idénticos. Al final, por mucho que lo adornemos alternando con magia y habilidades, el juego abusa demasiado de batallas muy similares que incrementan su número en los compases finales.
Modo normal o duelista

Una de las decisiones clave como jugadores a la hora de disfrutar The Blood of Dawnwalker la tomaremos al elegir su modo de dificultad, ¡y no lo digo en broma! Como en tantos otros juegos, el nivel de inmersión será muy distinto si superamos la aventura en «normal» u optamos por el difícil, que aquí sería «duelista». La diferencia clave es que, en duelista, no nos señalan por dónde atacarán nuestros enemigos y tendremos que bloquear basándonos en los movimientos del rival.
Esto saca a relucir tanto las virtudes como los defectos de la experiencia general. En «normal», cuando llevaba unas cuantas horas, me pasó que el combate acababa facilitándose demasiado. Ni siquiera los jefes presentan un desafío tenso, afectando a la emoción de la batalla y la experiencia narrativa. Depende mucho de la importancia que des a la inmersión a los mandos.
Sin embargo, optando por jugar en «duelista», las batallas se intensificarán y se genera una tensión extra que favorece a dicha inmersión. De todas formas, cuando llevas tiempo en ese modo de dificultad, acabas aborreciendo los combates e incluso evitándolos por pura pereza. O eso me sucedió a mí, que me gustaron más los jefes que probé en este modo, pero la avalancha de combates se me atragantó.
Dicho todo eso, en mi caso, acabé prefiriendo el modo normal para disfrutar del juego libremente y sin agobiarme. Es cierto que le resta tensión y de hecho, hace parecer a Coen un monstruo incapaz de ser abatido aunque se pasee en pleno territorio enemigo, y eso no debería ser así. En cualquier caso irá a gustos, pero siento que es un apartado cuyo desafío debió afinarse mejor.
El legado de The Blood of Dawnwalker

Completar el juego resulta muy satisfactorio y se agradece muchísimo que ofrezca cierres alternativos según tus decisiones o la forma de afrontar el combate final. Y lo mejor de todo es que mantiene el tono general de la narrativa incluso en su conclusión. Ningún final es idílico y todos tienen un punto en común que es mejor que descubráis por vuestra cuenta.
Más allá de eso, está claro que la aventura de Coen se concibió pensando en una saga. ¡Y me encanta que sea así! A nivel de historia encaja a la perfección y deja los cabos sueltos justos como para dar por finalizada esta trama, pero esperar con ganas una posible continuación. Teniendo en cuenta el éxito del juego y el compromiso de sus desarrolladores, es algo muy probable.
A fin de cuentas, The Blood of Dawnwalker es una maravilla, pero tiene fallos que podrían subsanarse mediante parches y en una futura secuela. Para empezar lo del combate que ya mencioné y sumémosle unos controles de movimiento que se sienten poco pulidos (y espero que arreglen), así como un uso excesivo de ciertos modelos de personaje y monstruos.
De todas formas, es imposible quejarse demasiado. Nos presentaron un apartado audiovisual excepcionalmente cuidado que incluye voces en español, algo que no es tan habitual hoy en día. Eso sí, admito que en mi caso me pasé al inglés, porque prefería vivir los diálogos exactos de los personajes y apreciar las elecciones «originales» para sus actores. Unos que, por cierto, hicieron un trabajo excelente.

Valoración final
90/100
The Blood of Dawnwalker se corona como uno de los imprescindibles de 2026, un juego cuidadísimo y muy ambicioso, que no peca alargándose con relleno superfluo. De hecho, esa es una de sus virtudes: la experiencia está condensada y ofrece el contenido justo y de calidad. Tiene imperfecciones que a algunos molestará más que a otros, por supuesto. En mi caso, estoy encantado.
Crecí jugando Baldur’s Gate y adoro las propuestas de rol occidentales, porque son lo que siempre entendí como «el rol de verdad», con decisiones y mundos reactivos a tus acciones. Siento si sueno un poco pedante al decir eso, pero así me siento. Justo por eso, me alegra muchísimo que surjan estudios ambiciosos que se atrevan con estos proyectos tan complejos. Y más sabiendo cómo está la industria a día de hoy.
Me gustaría extenderme todavía más dando mi opinión de ciertos eventos de historia o misiones que me parecieron espectaculares, igual que personajes como Lecra, Anca y un par de enemigos… pero lo dejaré aquí. No quiero destripar cosas a nadie, además, según las acciones de cada jugador, algunos personajes sobrevivirán, morirán o ni los encontraremos. Así que… ¡jugadlo!
Así que nada, sumo Rebel Wolves a mi lista de estudios occidentales de preferencia, junto a Owlcat Games, CD Projekt RED y compañía. Ay, Ciri, si creías que nadie podría hacerte sombra… ¡aquí está Coen, tu primer contrincante!
